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En la Vía de la Plata

La Gudiña. Tras un paseo por la población, regreso al albergue. Llamo un paseo por la población a recorrer unos cientos de metros de la carretera de Madrid. El pueblo es un conjunto de casas a ambos lados. Me lo confirma una señora sentada a la puerta de un estanco en una silla de paja. Hablo con ella. ¿Es usted de aquí? Bueno, de aquí, de aquí, no precisamente, sino de un lugar cercano, pero vine cuando era niña y me he quedado. Es una señora mayor, ya casi anciana. La Gudiña, ¿ha sido siempre así?, porque la primera impresión que me ha dado es de unas casas que flanquean una carretera importante. La señora me comprende. Sí, puede decirse que este pueblo no es como esa imagen de un núcleo urbano, una plaza central, el Ayuntamiento y la iglesia y las casas alrededor formando una piña. Los pueblos castellanos corresponden a lo que esta señora me dice. Y añade, el pueblo es la carretera porque todos vivimos de ella. Es lo que hay. ¿Cambió mucho? Porque hace una treintena de años cuando aun no se había construido la autopista a Madrid, esto era un lugar muy pequeño entre montañas. Yo pasé por aquí varias veces. Oh, sí, ha cambiado muchísimo, me responde. Está irreconocible, comparada con lo que fue aquellos años atrás. En Las Nieves, le digo, un pueblito pontevedrés a orillas del río Miño, conocí a un guardia civil jubilado que había estado destinado en La Gudiña. Oh, sí, me dice, aquí hay un puesto importante, la guardia civil es muy importante. Me despido y sigo caminando. Tras pasar por una iglesia dedicada a un santo poco conocido, encuentro más al interior otra dedicada a San Pedro. Desde ella veo hay gente sentada en una terraza situada en un ribazo contiguo a la vía del tren. Me acerco, es un grupo de ancianos. El tren debe de ser aquí un espectáculo. Porque solo pasan dos cada día, uno de ellos en plena noche, cuando todos duermen. Pero la vía del tren está siempre ahí, recordando un convoy que pasará, que duda cabe, pero solo una vez cada día. Junto a los ancianos se sienta también una mujer. Son los jubilados de turno, me figuro, y este ribazo sobre la vía del tren, su particular centro de la tercera edad. Efectivamente, luego me adentro un poco más en las casas del pueblo y en un balcón me mira pasar una señora vieja, viejísima. Quizá como contraste pasa también por la calle en ese preciso momento una joven en shorts. No puedo evitar mirarle las piernas, jóvenes, derechas, sin pizca de grasa. La juventud, la vejez, una remplazará a la otra, es ley de vida. También baja la calle una perra delgada que, no se por qué, me imagino melancólica, quizá porque camina en silencio con la cabeza baja. Saco una foto del edificio del Concello y de unas señales de tráfico, para tener constancia de que he estado aquí. El sol ya está bajo, esta tarde de julio. En el albergue me encuentro con un matrimonio de valencianos en acalorada conversación con otro peregrino que parece también de aquella región. (Más tarde hablaré a solas con él y me dirá que viene de un pueblo de la provincia de Ciudad Real, en el que es profesor de Ciencias Naturales). El caso es que se quitan la palabra unos a otros contándose lo que han vivido a lo largo de los diferentes Caminos, pues al parecer todos ellos los han repetido. Dicen que el alcalde de Nájera ha prohibido a los peregrinos atravesar la ciudad y los obliga a circunvalarla, un rodeo al parecer interminable y muy tedioso que la señora aborreció de todo corazón. Comentan luego la manera de ser de los valencianos comparada con la de los catalanes. Estos son nacionalistas extremos, al parecer, mientras los valencianos no se toman tan a pecho su supuesta identidad. Mencionan el valle de Arán, donde la gente habla una mezcla del catalán, el vasco y el castellano. Según dicen, cuando se trazaron las fronteras entre España y Francia se sometió a votación la nación a la que los del Arán querían pertenecer y ellos escogieron España. Al parecer, la gente de ese lugar es muy trabajadora, trabajan de sol a sombra, no paran. El de Ciudad Real dice convencido que son unas mulas por lo mucho que bregan sin cansarse, lo muy aficionados que son a no estarse quietos. Hablan de las distintas nacionalidades de España y de como unos se toman la suya más a pecho que otros. Los catalanes son unos fanáticos. Cuentan un par de anécdotas de como dos extranjeros se las arreglaron para entenderse con ellos. En ese momento llega la hospitalera para atender a los últimos peregrinos. Me dice que ha nacido por estos lugares. Se le nota en el habla, el deje gallego tan característico. Un detalle curioso. El alcalde de aquí ha publicado unas hojas tituladas Pilgrims wanted en las que invita a los peregrinos a acercarse a una escuela y contar a los alumnos las experiencias que han vivido en el Camino. Por lo que sabe la hospitalera, muy pocos peregrinos, por no decir ninguno, han aceptado la invitación. Se oyen ruidos raros, como si hubieran saltado los plomos, se ha apagado la luz, quizá porque ya son las 10 de la noche, hora de acostarse. En los centros oficiales hay siempre reglas que respetar. No se puede ir por libre. Vale, acepto la indirecta y me voy a dormir, aunque sin sueño. Mañana, Dios dirá.

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