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El peregrino y su fiel vasallo

La ciudad se levantó tranquila, silenciosa, ahogada. Atrás quedaba la orgía de potes y pinchos, gente en la calle invadiéndolo todo, cubos de hielo con cervezas pidiendo sus últimos deseos antes de ser sacrificadas por el único hecho de haber nacido cervezas.

Nuestro peregrino se dispuso a caminar por última vez la Cuesta de Santo Domingo, con los susurros aún presentes de los astados corriendo desbocados hacia el burladero de la plaza de toros. En la calle estaban él solo y su fiel vasallo (el bastón) que le acompañaría los próximos días y algún perdido habitante de la ciudad que había madrugado en exceso.

Los primeros metros del vasallo fueron difíciles. Su clack clack acompasado no ayudaba al peregrino. El asfalto y el empedrado de la Calle Mayor no le permitían dar batida a sus largos pasos. Intentaba clavarse al suelo, por dios si lo intentaba, con todas sus fuerzas, pero no podía. Su amo le tranquilizó, susurrándole a la oreja que tenían muchos días por delante, que no se preocupara y que disfrutara de la ciudad.

A su paso el camino estaba jalonado cada cinco pasos y medio con una concha metálica inserida. Era imposible perderse. Serían necesarios cientos de miles de pasos para llegar a su destino, seis días después, a Santo Domingo de la Calzada. Serían necesarios cientos de miles de clacks clacks de su fiel vasallo para acompañar a su amo hasta el destino final. Ajenos a tantos números, en un abrir y cerrar de ojos llegaron a extramuros. La última concha metálica inserida a fuego en el camino a la salida de la gran ciudad se despidió y les deseó toda la mayor suerte del mundo a nuestros héroes: ?Buen Camino?. Dejaban tras de sí la civilización y se adentraban en caminos desconocidos por descubrir. Se dieron fuertemente la mano, un abrazo y se prometieron mirar únicamente hacia adelante y no separarse por nunca jamás.

Dejaron atrás rápidamente Cizur Menor y empezaron la dura ascensión al Alto del Perdón, donde el camino se encaramaba hacia el cielo, sin descanso, sin tregua. Por suerte, la lluvia anunciada respetó a nuestros viajeros e hizo más llevadera la subida entre matorrales, girasoles y jóvenes pinares.

Al pasar al lado de un campo de girasoles, éstos, con sus mejores galas debido a la ausencia de la lluvia anunciada, se giraron todos a la vez indicándoles el camino y cuál era la dirección correcta hasta el Alto del Perdón. Allá, en lo alto, los peregrinos se arremolinaban al lado de la escultura, inmortalizando la proeza conseguida y conjurándose a seguir hacia Santiago. La bajada hacia Puente la Reina se hizo larga y agotadora, bajo un sol de justicia y por un camino pedregoso y lleno de obstáculos. El trabajo de señalización de los girasoles fue sustituido por las mariposas que amablemente ofrecían su compañía durante escasos centímetros, siempre en la dirección correcta, en un continuo relevo programado y sincronizado de su comunidad. Las había de todos los colores que uno se pueda imaginar, algunas grandes y otras más pequeñas, pero todas, sin falta, se esforzaban para acompañar a los peregrinos durante el escaso tiempo que el batir de sus alas les permitiesen.

En aquellos seis días vivieron muchas anécdotas, vivencias y aventuras. La mayoría sin sentido fuera de aquel camino mágico, y lleno de universos y comunidades paralelas. Ellos compartieron aquellos seis días en algún momento con otros peregrinos, con un tal Luis de Madrid y el Lisandro de Argentina, con aquella chica joven alemana de ojos azules que cada día que los adelantaba, les miraba y les ofrecía una sonrisa que no tenía precio, con muchos italianos que siempre decían que iban ?Bene, Molto Bene?. Una etapa por delante y por detrás existía otro Luis, Lisandro, otra chica joven alemana de ojos azules, y legiones de italianos, y otro peregrino con su vasallo, los protagonistas de otro relato. Pero nuestros héroes solo podían contar las historias que ellos vivieron aquel verano de 2014 en su comunidad del Camino, aquella que partió de Pamplona el 20 de Julio y llegó el 25 a Santo Domingo de la Calzada, aunque es de justicia señalar que las historias y las vivencias profundas que nacen en El Camino sigan su peregrinación dentro del mismo hasta que sean olvidadas o formen parte de la leyenda o del imaginario del peregrino. Buen camino tengan hasta su destino.

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