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El Camino de Santiago, el Camino de la superación

No acostumbro a escribir sobre hechos personales, ni mucho menos sobre la belleza de los lugares. Pero esta vez siento que debo hacerlo, porque Galicia me hace sentir cosas que en ningún lugar he sentido, y me siento unida a ella.

En verano tuve la mala suerte de romperme un pie antes de realizar el Camino de Santiago. Noté cómo se me cerraban las puertas delante de mí y cómo el sueño de hacer el Camino se desvanecía. Fueron tres semanas muy duras de reposo total. El tiempo no avanzaba, los días eran lentos, calurosos, largos pero aun perduraba dentro de mí una pequeña llama que me hacia soportar la dura carga. Al cabo de esas semanas empecé a hacer recuperación. Por las mañanas iba a la piscina y, si podía, por la tarde andaba un poco, hasta que el pie me hacia detener; él me retenía, era entonces cuando debía parar. Dos semanas tuve para recuperarme mínimamente y aun así veía que no podría, que ese momento que había estado esperando estaba muy lejos y era difícil de alcanzar, porque a duras penas podía andar un par de kilómetros seguidos.

El largo viaje empezó; el deseo de llegar a la meta estaba presente en mí en todo momento y, por encima de todo, el ansia de superación. Lo primero que me sorprendió del Camino fue que cuando te cruzabas con alguien es costumbre decir ?Buen camino? en vez de ?Buenos días?. No importa si es de madrugada o el sol cae de pleno. No importa si llueve o si está sereno, ni si tu interlocutor habla tu idioma o te entiendes con el lenguaje universal de los gestos y las sonrisas. Un ?Buen camino? siempre es bienvenido.

Otra cosa que me sorprendió fue el compañerismo que se siente y se transmite a lo largo del Camino, cuando un peregrino necesita algo y le ayudas. Él luego te intentará ayudar en lo que pueda, o cuando menos andará a tu lado durante algunos kilómetros, ofreciéndote siempre un sentimiento agradable y de confianza. El hecho de relacionarte con gente de otras culturas también me pareció bonito, ya que siempre se puede aprender algo de ello, o siempre hay el peregrino que te habla sobre su ciudad o pueblo. Cuando se apagan las luces del albergue sientes el calor del ambiente, los nervios, la felicidad de la saberse cada vez más cerca de la Catedral.

Por mi parte tengo que añadir que el hecho de ir con una venda durante mas de los 110 kilómetros me hizo crecer interiormente. Sentía que tenía que hacerlo tanto por mí como por mis padres y mi hermana, los cuales se habían desplazado también para hacerlo. Había momentos donde el dolor y el cansancio me hacía cuestionarme el porqué de todo, es decir, ¿porqué empezaste el Camino y no lo abandonas? Durante el Camino te harás esta pregunta infinidad de veces, y una voz interior te empujará para que lo dejes y vuelvas a casa. Es normal. En esos momentos debes sacar fuerzas fuerzas, apretar los puños contra los bastones y avanzar, ya que los grandes caminos se empiezan con un paso, y cada paso te hace estar más cerca de la meta. Todos los sentidos vividos durante el camino son muy diferentes: felicidad, tristeza, cansancio, alegría, nostalgia... Todos auténticos y muy personales.

Al llegar al Monte do Gozo y ver la catedral te entran ganas de echar a llorar. Estás a unos pocos kilómetros del final, no lo puedes creer; ahí está todo lo que estabas esperando desde que empezaste. Y finalmente al llegar a la Catedral y ver todo su esplendor: quedarte sin aire... caer de rodillas al suelo... que se te caigan las lágrimas mejilla abajo. Fuera la pesada mochila, las botas que tantos pasos te ha acompañado. Sin duda es un momento de éxtasis.

Todo lo que me ha aportado el camino es difícilmente explicable, y sobretodo descubrir que existe una fuerza interior que te empuja en los momentos difíciles: andar cerca de 20 kilómetros cada día, después de haber estado parado durante tres semanas por lesión, y ver como tu objetivo casi se te escapa de las manos...

El Camino es largo, duro y agotador. Pero ante todo es un Camino de superación y de (re)encuentro personal.

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