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Mi Camino a Santiago

170,98 kms. en un total de 36 hrs. y 9 minutos de caminatas, entre el 6 y el 11 de julio de 2014.

Así podría contar mi Camino a Santiago. Ese podría ser el escueto y simple resumen de unos días que han cambiado mi forma de ver las cosas y de entender el mundo en que vivimos.

Pero ha sido mucho más. Mi Camino a Santiago ha sido la prueba de una amistad inquebrantable. Una amistad sin fisuras que se ha visto fortalecida más si cabe por el esfuerzo, el cansancio, las lesiones y, a veces, el enfado y las malas respuestas. Una amistad de verdad, de las de toda la vida, en las que cabe la risa, el llanto, el enfado y hasta la hartura. Una amistad en definitiva que está hecha a prueba de bombas, de Caminos a Santiago y de desencuentros ocasionales. Una amistad en la que se escucha, se habla, se entiende y se respeta.

Mi Camino a Santiago, el primero de otros que sin duda haré en mi vida, se llama León, San Martín del Camino, Astorga, Rabanal del Camino, Molinaseca, Villafranca del Bierzo y O Cebreiro. Se llama Castilla y León y se llama Galicia. Esa Galicia que a las dos nos enamora y que se iba dejando ver en las casas y en las calles, en la gente y en el idioma, a medida que nos acercábamos al primero de sus pueblos. Galicia con casas de piedra, calles en pendiente, montañas interminables y verdes imposibles.

Entrar en Galicia andando (tras 28 kms. de caminata en los que los 7,5 últimos son una pendiente que supera los 610 metros) es una experiencia que vivimos con tanta intensidad, esfuerzo y emoción, que al sentarnos en la Iglesia de Santa María la Real de O Cebreiro, iglesia prerrománica del siglo IX, no pudimos sino romper a llorar. Llorar de emoción, de cansancio, de alegría por haber llegado a nuestro destino, de pena porque nuestro Camino se acababa. Llorar de infinito amor por la naturaleza que dejábamos atrás y por unos días emocionalmente intensos.

En mi Camino a Santiago he aprendido qué es la solidaridad, la generosidad y el compañerismo. Todos somos uno. Todos nos necesitamos y todos nos ayudamos. En los albergues desaliñados y cutres, en los hostales de ensueño en medio de pueblos que parecen pintados a mano, con sus callecitas, sus gentes, sus piscinas fluviales y sus casas de piedra rodeadas de verde, mucho verde.

El Camino es amistad, es unión, fe, ganas de vivir y alegría. Y es, por encima de todo, multiculturalidad. Conocimos a un matrimonio de México, él mexicano (Manuel), ella española (María Antonia), con los que mantuvimos sin duda una de las conversaciones más interesantes que recuerdo en mi vida. Jubilados los dos, con tres hijos repartidos en tres países de dos continentes diferentes, que han vivido en Londres, París, Sydney y México D.F., y que tenían ganas de comerse el mundo, de disfrutar de la naturaleza y de sentir cada una de las emociones que experiencias como estas te ponen por delante. María Antonia nos contaba que lloraba con cada paisaje, cada sentimiento, cada emoción. Y nos hablaba de su madre, una señora nonagenaria con un infarto reciente a sus espaldas y residente en Burgos, que se conecta por Skype a través de su iPad para sentirse cerca de su familia.

Conocimos también a un señor brasileño de 78 años que llevaba andando 28 días con 14 kilos de peso a cuestas. Y nos contó que estaba mosqueado porque Brasil había perdido de manera apabullante con Alemania la noche anterior. “Eso es porque nuestro país está presidido por una mujer”, nos decía. “¡Pero Alemania también y han metido 7 goles!”, le contesté yo… Y se rió. Y su risa y su jovialidad nos produjeron tanta ternura y tanto cariño, que deseamos enseguida llegar a su edad con esa alegría y esas ganas de vivir.

Mi Camino a Santiago ha sido un cúmulo de emociones, sentimientos y sensaciones. Momentos de silencio, de discernimiento e incluso de aislamiento. Momentos de charla, de risas, de comidas copiosas como aquel merecido cocido maragato al llegar a Astorga o el botillo del Bierzo. Momentos de complicidad con los canarios; con Jorge el madrileño; con el matrimonio de Toledo; con los mexicanos; con nuestro amigo de Texas, aquel que se perdió y que gracias a Almudena volvió a recuperar el camino; con los monjes benedictinos de Rabanal tras las vísperas acompañadas de cantos gregorianos; con el quiromasajista que nos hizo masajes medio en bolas (nosotras, no el quiromasajista) en medio de un jardín lleno de peregrinos que también esperaban turno; con el grupo de cuatro amigos cincuentones que una semana al año dejan a sus mujeres en casa para pasar unos días juntos y no perder la complicidad y la amistad que les une desde hace seguramente muchos años. Y con tantos y tantos otros que nos han acompañado en cada pueblo, en cada bar y en cada ratito de descanso.

Pero mi Camino a Santiago también ha sido San Andrés de Teixido, Cedeira, Cabo Ortegal, As Pontes y A Retorta, lugares mágicos de Galicia donde pasamos un magnífico fin de semana de descanso y de comidas caseras hechas con amor maternal.

Mi Camino a Santiago en definitiva ha sido paz, meditación, naturaleza y liberación. Liberación de preocupaciones, de cargas, de dudas y de miedos. Ha sido reencuentro conmigo misma y con mi interior. Y ha sido perdón. Perdón por todo lo que he hecho mal y por lo que no había sabido perdonar ni perdonarme. Lloré como un bebé al entrar en O Cebreiro y me quedé en paz…

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