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Nuestro Camino

Hacía meses que con mi esposo teníamos los pasajes desde Uruguay y la firme convicción de lo que íbamos a hacer: el último tramo del Camino Francés. La idea había surgido como una aventura de la que habíamos oído hablar y que podría ser interesante. Luego, a medida que fuimos recabando información y leyendo relatos de otros peregrinos fuimos convenciéndonos que no iba a ser solamente eso, sino un camino cargado de espiritualidad, de comprensión, de paciencia, de compartir con la pareja y con extraños, de siglos de historia y de esfuerzo por tantas horas de caminata cada día, sin importar el sol, el frío o la lluvia. Aunque nuestra motivación no era específicamente religiosa, nos emocionaba la idea de poder hacer parte del mismo recorrido que han hecho peregrinos desde hace más de 1000 años.

Luego de un largo de viaje llegamos a Sarria y nos preparamos para emprender nuestro camino que iniciamos a la mañana siguiente, medio dormidos y con nuestros bastones en la mochila: aún no teníamos idea de que serían, junto con la flecha amarilla, nuestros más preciados compañeros.

Nos dijimos ¡BUEN CAMINO! y a andar...

El camino nos maravilló con manzanos silvestres florecidos que nos acompañaron en las cinco etapas, y tratamos de disfrutar cada pequeño detalle del paisaje, como los bosques que se cerraban sobre el camino convirtiéndose en verdes túneles para proteger al peregrino del sol o la lluvia.

Cada una de las pequeñas iglesias que visitamos, tenía su cementerio al lado. Todas las tumbas parecían abandonadas, pero eran las fechas relativamente recientes de las sepulturas las que nos indicaban que no era así, y que cada iglesia seguía siendo importante dentro de su pequeña comunidad

Imaginamos otras épocas con los puentes medievales que cruzamos, así como con las aldeas que pasamos y parecían una fotografía que detenía el tiempo en las casas y muros de piedra, y las señoras mayores con sus delantales. El ruido de los peregrinos con sus bastones al caminar era el único sonido que se escuchaba, y los peregrinos los únicos seres que caminaban por esas aldeas fantasmas.

Y pudimos disfrutar de un compañero especial. Uno que lo ha sido siempre de todos, pero estamos seguros que casi nadie lo nota, le llamamos ?nuestro pajarito?. Un pajarito pequeño, sin mucha gracia, que pudimos verlo luego de buscar mucho con la mirada entre las ramas de los árboles, pero con un canto tan particular y agradable al oído que cada vez que lo escuchábamos nos brindaba una gran sensación de paz y alegría. Incluso varias veces lo echamos de menos cuando en alguna zona no aparecía, comentábamos: ?hace rato que no escuchamos a nuestro pajarito? aunque sabíamos que no era la misma ave siempre.

Con el paso de los días, nos fuimos dando cuenta que sobre el final de cada etapa creíamos que moriríamos de cansancio, que no podíamos más, pero no, siempre podíamos un poco más. Al poco rato de llegar ya estábamos con otra energía, y al día siguiente nos levantábamos casi como nuevos para emprender otra jornada.

Fue una sensación extraña aprender a caminar bajo tanta agua (tuvimos 3 días de lluvia intensa), sin un paraguas, sin pensar \\"tengo que apurarme para no mojarme\\" porque el apuro era el mismo ya fuera con sol o con lluvia: ninguno. En nuestras vidas habían dejado de importar las prisas a las que estamos acostumbrados, allí en el camino no tenían ningún sentido y no había porque llegar antes, el objetivo era El Camino.

También nos fuimos dando cuenta qué importante pasó a ser para nosotros la flecha amarilla, cada vez que empezábamos a sentirnos perdidos, a preguntarnos si no nos habríamos equivocado de camino, allí aparecía como una señal Divina una flecha amarilla para calmar esa ansiedad en el momento justo, pintada casi sobre cualquier cosa, un muro, un árbol, una piedra, allí estaba.

No tuvimos mucho contacto con otros peregrinos ya que en todos los alojamientos que estuvimos éramos los únicos huéspedes, pero sí pudimos mantener largas y enriquecedoras charlas con sus propietarios quienes nos contaron costumbres e historias de vida de sus lugares.

Vivimos una experiencia increíble.

¿Nos cambió para siempre? No, no nos produjo los cambios radicales de los que todo el mundo habla, fueron muy pocos días, pero sí fue una experiencia que jamás olvidaremos, y hoy a 3 meses de haber regresado, ya estamos sintiendo otra vez la necesidad de volver al camino que te atrapa de una forma inexplicable y se comprende solamente después de haberlo vivido.

Es un contacto completamente diferente con la naturaleza, con la gente y con uno mismo, algo que es muy difícil de contar y que no todos entienden.

Cuántos nos dijeron antes de salir de Uruguay: ¿adónde van? ¿A hacer qué? ¿Caminar porque sí tantos kilómetros?

Sí, a caminar porque sí, a no saber con qué ni con quién nos vamos a encontrar a la vuelta del camino, a no saber cuánto falta para el próximo lugar que tenga un refrigerio, a no saber cuánto falta llegar, a seguir en el camino con lluvia o con sol, a tener tiempo para pensar en uno mismo, en la vida, a tener tiempo para estar solo contigo y a tener tiempo para compartir con tu pareja o con un peregrino desconocido que quizás no vuelvas a ver en tu vida, a aprender a tener todo lo que necesitas y a hacer que todo lo que necesites sea solo aquello que llevas en la mochila y en tu corazón.

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