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Λ

Silencio

En el Camino hay muchos silencios.

Al salir de Roncesvalles hay un silencio sobrecogedor, roto solo por los pasos de los peregrinos y golpeo de los bordones sobre el suelo, pero si te paras, sólo oyes las gotas de rocío que rítmicamente caen de los acebos. Es un silencio que más adelante sólo rompe los cencerros del ganado o el graznido de algún ave rapaz.

En Zubiri, el silencio del manso río sólo se ve interrumpido por el sonido del agua rompiendo en alguna roca solitaria en medio del torrente, por el tañido de alguna campana, el balido de las ovejas o el trinar de los pájaros en un entorno que invita a la meditación.

Llego a Santa María de Eunate y escucho el silencio, relajo los músculos y respiro hondo. Quieto, inmóvil, sin mover un solo músculo, ni siquiera pestañear, sintiendo mi propia respiración. Paz, mucha paz, tanta que se me eriza el vello. Este silencio no tiene precio, silencio total y palpable, silencio balsámico y envolvente, silencio que me hace casi oír el roce del vello con la piel al crecer.

Abandonamos el lugar y Eunate vuelve a quedar sola, en silencio, con su misterio y su majestuosidad. Únicamente se oía el eco de la nada rebotando en las piedras, y alrededor soledad, mucha soledad.

Camino solo por estos parajes, en soledad y en silencio, como a mí me gusta. Adoro el silencio porque me hace más fuerte. Lo acojo en cualquier sitio y me dice lo frágil que son los charlatanes. Prefiero el deseo de callar a la sinceridad de los otros. Confieso no obstante el esfuerzo que a veces he de hacer para no sucumbir a la charlatanería altanera de los más vulgares parlanchines en respuesta a sus mensajes vacíos de contenido y sutileza. Hoy he hablado con el silencio y me dijo que le dejase hablar. El silencio piensa en blanco, no suena, no duele. Entre el silencio y yo existe cierta complicidad y nos entendemos bastante bien. Hay que atender al viejo proverbio que dice que "cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio".

El silencio de la noche, sólo roto por los grillos y el ulular de algún ave nocturna que no llego a atisbar, envuelve mis pasos en la larga recta que lleva a la base de Mostelares, antes del amanecer, poco después de Castrojeriz. Hay niebla, pero no importa, es una invitación al silencio, ayuda a caminar y suaviza el esfuerzo de las horas caminadas, tamiza las imperfecciones y realza la profundidad del momento.

En Calzadilla de la Cueza, la jornada se presenta solitaria porque así lo busco y así lo deseo. Niebla, un poco de frío y mucha soledad, buscada, pero soledad. El silencio me deja oír el llanto y lamentos de la niebla. La soledad y el silencio tienen mala fama, se aborrecen y sobrecogen, pero yo les busco y les acojo con agrado, convivo y comparto el tiempo con alegría. La soledad nos hace a todos iguales y hay que guardar silencio porque hay que seguir el rastro de los rumores, que en el Camino son innumerables y nos guían como las flechas amarillas. El silencio del Camino es el antónimo del ruido estridente de nuestra vida cotidiana. En silencio podemos notar el son de un pequeño riachuelo o el murmullo del viento al mecer las ramas de los árboles. Cuando desaparece el ruido logramos captar sonidos que pasarían desapercibidos y agudizamos el oído a límites insospechados. Poco a poco y en silencio te vas conociendo más y mejor. El silencio posibilita que oigas tu respiración, los latidos de tu corazón y el crujir de tus pasos en la tierra al son del golpeteo del bordón. La mente viaja en libertad, penetra en tu interior y sin llegar al trance nuestra mente flota mientras con una cadencia constante nuestros pies van dando un paso tras otro, casi sin darnos cuenta.

El camino tiene reservado un aprendizaje para cada peregrino, aquello de lo que carece, eso creo. El Camino te va dando lo que necesitas, aquello que te va haciendo falta. Al que le hace falta dolor, ampollas. El que necesita compañía la encuentra. El que necesita silencio y soledad, el Camino se lo da. El que necesita meditar, un espacio apropiado. El que necesita orar, una iglesia. El que necesita hablar, alguien que le escucha. El que necesita consuelo, un hombro sobre el que llorar. Hay compañía para el solitario y aprende a compartir el egoísta. En el Camino cada uno es lo que es. Una simple mochila para cargar con lo imprescindible para vivir, convivir, no necesitas más, el resto te lo proporciona el mismo Camino. También hay, como no, un espacio para la magia, toda la que tu mirada y cabeza sea capaz de atrapar. Esto es el Camino, sin más y sin menos.

En Foncebadón hallamos silencio, olvido y ruinas, muchas ruinas. El silencio, la soledad y el olvido impregnaba las paredes de las pocas casas que en pie quedaban.

Caminar por Castilla es como recitar un mantra: un viaje hacia el interior, monotonía, austeridad, simplicidad, recogimiento, soledad, silencio y al final León.

En O Cebreiro encontramos agua y más agua rompiendo el silencio del día.

El ambiente está cargado, hay pocas palabras, pocas ganas de hablar y muchos silencios, melancolía y anticipo de despedida.

Vamos caminando juntos los cinco que al final hicimos grupo, en silencio, y todos sabemos lo que piensan los demás. ¡Esto se acaba! Y así llegamos a Santiago de Compostela, en silencio, ¡sin solución!

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