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Lo mejor que me pasó en la vida

Todo comenzó con unas hojas sacadas al Diario "El País" donde, en año jacobeo, se contaba la historia del Camino y sus etapas.

Pertenezco a otro continente y emprender este sueño, me llevó casi diez años de guardar hojas amarillas de periódico, que se fueron ajando de tanto mirarlas hasta convencerme que era posible.

Las motivaciones fueron fluctuando ya que amasé la ilusión entre los cuarenta y los cincuenta años. Finalmente me decía: iré para desafiarme a mi misma. Cuando ya estuve resuelta, la invité a mi hermana gemela a unirse a este sueño. Al comienzo dudó, pero le fui haciendo ver que podía resultar "divertido" a pesar de no haber cargado una mochila nunca y menos aún dormir en albergues.

Finalmente cruzamos a Europa y un 5 de mayo comenzamos a hacer realidad lo anhelado con tanta ilusión. Salimos de Roncesvalles con una lluvia ligera que transformó el momento en casi un cuento de hadas; las primeras etapas por tierras navarras, con barro y mucho cansancio igualmente nos permitían avanzar con ansias. Íbamos atropelladas como si el tiempo no nos fuera a alcanzar. Éramos como niños en sus primeros años, intentando probarlo todo y avanzando rápido para ver qué nos deparaba la vida.

Así transcurrieron los primeros diez días... después llegó la llanura castellana que se amoldó a nuestro cansancio y se asimiló a lo que sería la vida madura, donde lo que se busca es el disfrute: podemos saborear los amaneceres y contemplar los crepúsculos...

A esta altura en los albergues cuando participábamos de las misas, uno comienza a agradecer a Dios, nos amigamos con nosotros mismos y el Camino se transforma en un retiro espiritual de veintiocho días, donde todo suma. Conocemos gente de lugares totalmente dispares y en cada uno, una vivencia que nos retro alimenta. El "buen camino peregrino" que cruzamos en nuestro andar, nos identifica, nos distingue y nos hermana. Todos caminamos hacia el Santo, hacia la tan anhelada Compostela. Vamos sellando cada día nuestra cartilla, donde queda grabado el albergue que nos cobijó en ese "cansancio feliz" después de un día de ampollas, dolores y esfuerzos.

Pero con los días vemos también que esos malestares se equiparan con los avatares de la vida, con las pérdidas afectivas que siempre llegan. Como en éstas, los dolores se van asimilando y aprendemos a vivir con ellos; no los olvidamos, para nada! ,están pero los llevamos en la mochila de nuestra vida, entonces..., un día dejamos de tenerlos a mano; ahí es cuando realmente aprendemos a vivir en paz con ellos. No los olvidamos, es que simplemente pasan a formar parte de nuestra historia personal.

¡Qué maravilla caminar! Que todo se limite a eso. Somos tan felices con tan poco, la vida queda circunscripta a lo que podemos llevar en nuestra mochila y dentro de nosotros mismos. Cada día necesitamos menos y el corazón está que estalla. Aprendimos a compartir, a no juzgar por apariencias y a entender que "desvestidos de sociedad consumista" somos mejores seres humanos. El confort no importa; si debemos dormir sobre el suelo y ducharnos con agua fría, no molesta. Nos sucedió en Villamayor de Monjardín, pero fue una etapa maravillosa, donde quizá eso fuera ínfimo comparado con otros peregrinos llenos de ampollas que no podían continuar. Aprendemos a valorar lo que tenemos y lo que Dios nos tiene reservado.

Ya por Triacastela, empezamos a contar los días que faltan para llegar... pero no por ansiedad, sino que descubrimos que llega el fin del camino. Volvemos a cambiar de etapa en nuestras vidas, pasamos de niños atropellados y hambrientos, a jóvenes maduros que disfrutan sus logros y ahora somos como ancianos que ven el fin de sus vidas y se aferran con desesperación. No queremos que el tiempo transcurra tan de prisa, hacemos una retrospección de todo lo vivido y nos cuesta llegar a destino, aún ansiando abrazar a Santiago.

Saboreamos Sarria, Melide, Arzúa, pero con los días empieza a aparecer en el horizonte gallego la silueta de la Catedral. Ya el tiempo no se puede volver atrás, estamos llegando y estamos felices. Obtenemos nuestra Compostela y en la misa de mediodía, se nos escapan las lágrimas cuando detallan cuántos peregrinos y de dónde han llegado ese día y nombran a nuestra tierra.

Luego el botafumeiro, recorrer la Catedral, abrazar al Santo y organizar nuestro viaje hasta Finisterre para quemar como antaño nuestras ropas y comenzar esta otra vida amasada durante casi un mes y que nos transformó en seres diferentes. No digo mejores, pero más comprensivos, con mentes más abiertas para entender que la vida no es de una sola manera.

Es como cada uno puede vivirla.

Comprendí que hice el Camino para agradecer, no para pedir. Dar gracias a Dios de la vida que me había dado, con sus cosas buenas y malas.

Ahora soy un ser que añora y desde hace nueve años no dejo de pensar un día en el Camino, por eso será que siento que no le cabría otro título a este relato.

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