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Este fue mi Camino

Este fue mi Camino

Como hoja de sauce en el remolino de un plácido arroyo, así me fue atrapando el Camino, hasta quedar preso en su vórtice por la magia ancestral de su historia. ¿Qué era el Camino? ¿Qué secretos guardaba ese concepto intangible tan extenso como largo?

Atrapado por el remolino donde tantos caminantes habían caído antes que yo, empecé a preparar el Camino con la misma ilusión con la que se prepara un viaje a tierras desconocidas y exóticas. Los primeros peregrinos tenían una razón religiosa para llegar hasta Santiago, pero yo quería encontrar otras razones por las que el Camino, además del sentimiento religioso atraía hasta la tumba del Apóstol a personas de diferente condición y procedencia. ¡Tiene que haber algo más! Me repetía una y otra vez.

Por querer ser lo más fiel a la Historia, comencé a caminar desde la puerta de la catedral de Oviedo. Después de visitar al "Señor" (con su ayuda visitaría más tarde al "Criado"), pegué mi espalda a la puerta, me santigüé y comencé mi andadura. En mi mochila no solo llevaba la credencial recién sellada, llevaba también la ilusión con la que se inicia una aventura, y la incertidumbre de los sucesos por venir.

A las agradables etapas por prados y bosques llanos, le sucedían otras de agotadoras subidas, sin que disminuyese mi ilusión. Después de un ¡Buen camino! dejado en el aire por otro peregrino de paso más rápido, renacían las fuerzas, y me empujaba a subir la interminable pendiente.

En el Camino encontré la muda soledad que necesita el hombre para buscar y encontrar las respuestas a muchos "por qué", y la limpia compañía del extraño que siente los mismos anhelos. Por el caminos fui encontrando los pasos olvidados por peregrinos de tiempos medievales, quise seguirlos, unirlos a los míos, y caminar sobre ellos, mientras escuchaba la penosa andadura que aquellos me contaban. En mis descansos cerraba los ojos, y los veía llegar con pobre hato, escasos de carnes y pies descalzos. Nadie les obligaba a ponerse en camino, pero ¿qué fuerza les empujaba hasta Santiago? Venían de lejanas tierras, dormían contemplando las estrellas sobre incómodos lechos, calmaban su sed en rústicas fuentes, comían lo que obtenían de la caridad y curaban sus cuerpos y almas en primitivos hospitales y lúgubres ermitas. Y todo esto no le importaba con tal de obtener el perdón de sus pecados. ¿Sería yo capaz de reconocer todos los míos y dejarlos junto a la tumba del Apóstol?

Hoy son otros tiempos. Es cierto, que vale tanto el camino que se hacía en aquella época, como el que se hace en nuestros días; aunque hoy se calcen buenas botas, se duerma en buen colchón y se coma un abundante menú. Sólo se necesita para darle validez y autenticidad, el espíritu de sacrificio del peregrino. Por desgracia, muchos se equivocan de Camino.

Sin darme cuenta, ya había superado la mitad del camino. Atrás fueron quedando el esfuerzo y la fatiga, los caseríos, los restos de antiguos hospitales y conventos, las olvidadas ermitas, los tímidos arroyos, los ríos con históricos puentes y las vespertinas charlas con extranjeros que perdieron temporalmente sus fronteras, hermanados por un fraternal abrazo. Lo que no quedaron atrás fueron las ganas de seguir, la alegría del esfuerzo superado y la desinteresada amistad, recibida de aquellos que, como yo, anhelaban el mismo final.

A lo largo del recorrido superado, aún se pueden observar antiguos edificios de piedra; unos de carácter civil; y otros, los más, de carácter religioso. Son testigos pétreos de un pasado, durante el cual, el esplendor e importancia del Camino de Santiago, animaron a reyes, nobles y ordenes religiosas a construirlos, tanto como apoyo al caminante, como por ensalzar a Dios. Aunque alguno ya no tienen su función primitiva, no dejan de observar, callados y envejecidos, el paso cansino de los peregrinos que hasta ellos se acercan.

¿Quién cambió de sentido las conchas? ¡Ah! ¡Estoy en Galicia! No entiendo por qué este cambio, si estoy en el mismo camino. Sí. Es el mismo que ya anduviera el rey casto, y que hoy, XII siglos más tarde, sigue uniendo Oviedo con Santiago. En lo físico sólo ha cambiado en algunos tramos su trazado primitivo, debido al desarrollo urbanístico y al trazado de nuevas vías de comunicación, pero en lo demás, permanece inalterable. Los mismos paisajes, los mismos arroyos donde se aseaban y refrescaban los antiguos peregrinos, los mismos vientos, el mismo sol y la misma luna y, hasta el mismo silencio. Tampoco ha cambiado la ayuda amable y desinteresada de las gentes cuando se ha necesitado un vaso de agua, la dirección correcta del rumbo perdido, la atención del buen samaritano en las lesiones y las palabras de aliento.

Las suaves pendientes de los verdes prados y el habla de las gentes con las que me cruzo, me confirman que camino por tierras galaicas. Barrunto el cada vez más cercano final, y hasta mis pasos parece que se alargan, a la par que crece mi impaciencia cuando a lo lejos empiezo a vislumbrar las torres de la catedral compostelana. Aunque el encuentro con el 'Criado' estaba cerca, todavía me quedaba tiempo para pensar en el porqué del Camino: unir mis pasos a los de los miles de peregrinos que durante siglos lo hicieron antes que yo, envolverme en la soledad de mi caminar para meditar sobre las cosas trascendentes de la vida, sentir la satisfacción del premio conseguido con esfuerzo, el de ayudar a los que necesitaron de mis manos y mi palabra.

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