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Un día inolvidable en el Camino de Santiago

Por fin nos decidimos hacer el camino de Santiago, mi mujer y yo. El último empujón nos lo dio nuestro hijo Juan, que la semana anterior había ido solo al principio del camino, y luego, dos días después, se incorporaron 8 compañeros más.

La verdad es que nos animaba con sus relatos, fotos que nos enviaba por el whatsApp de los paisajes, sus comidas y andanzas.

Mochila al hombro nos fuimos a partir de Sarria (la verdad que con un poco de miedo); pero acordamos comenzar desde el Km. 100, así que un taxista nos llevó al punto de partida.

Nos hicimos la foto a las 9 horas, en el Km.100 y la enviamos a nuestros hijos, enseguida contestó Juan asombrado porque estábamos en esa distancia.

- Así, podéis recorrer la península en 10 días (pensó que lo habíamos caminado en tan poco tiempo).

En dos días si habíamos llegado a Gonzar. A la entrada había un bar, pedimos un café con leche y nos lo tomamos sentado en una mesa que estaba en el patio. Pregunté a la chica que nos sirvió donde dormir.

- Necesitamos a ser posible una habitación con baño, le dije.

Nos indicó que aproximadamente a un km., había una casa que nos prestaba el servicio solicitado, pagamos y nos despedimos.

- Buen camino, nos deseó.

Continuamos el camino hasta el siguiente pueblecito, pues ya nos sentíamos un poco cansados.

Lo de pueblecito es un decir, pues solo había una calle. Y en la misma entrada estaba la casa que alquilaba habitaciones, con un buen cartel anunciador.

Tocamos y nos salió una señora mayor vestida de negro, y con un pañuelo en la cabeza.

- Pasen que ya me habían avisado de su llegada, nos dijo muy amable

- Son 35 euros la habitación, esta es la llave y mañana cuando se vayan la dejan en la silla.

Esta fueron sus palabras y la única vez que la vimos, pues acto seguido desapareció por otra puerta.

Entramos en la habitación, y como la casa, era de una construcción antigua, paredes muy gruesas, con un ventanal grande que daba al camino, el baño estaba en el interior era muy cutre, con una ducha que la separaba una cortina de plástico ya rancia y el jabón ya usado, en la pared y sobre el lavabo tenía un pequeño espejo de unos 10 cm., con en el que apenas podías verte la cara, los suelos eran de cemento gris rayado.

Dentro de la habitación habían dos camas de 90 cm., con una mesa de noche, y del techo colgaba una lámpara descolorida de los años 50. Pero lo más impresionante era el ropero empotrado, sin puerta, y con una cortina de encaje blanco. En su interior había abundante ropa usada que debió ser de su difunto esposo.

Dejamos las mochilas y salimos a ver el resto del pueblo.

Frente a la casa había un alpendre de animales y a poca distancia en un lateral una ermita románica con su cementerio al lado; su aspecto daba escalofrío. Calle arriba encontramos un bar, que en honor a la verdad era lo mejor que había, a ambos lado del camino tenía dos mesas con 4 sillas de plástico verde. Comida no servía; pero nos preparó unos bocadillos riquísimos con cinta de lomo y queso fundido. Y allí sentados a la sombra de un árbol nos lo comimos con unas cervezas.

Una vez terminado nos fuimos a la posada y nos sentamos en el umbral de la casa a ver pasar a los peregrinos.

- Buen camino, les saludábamos al pasar.

Allí permanecimos unas horas para pasar el tiempo. El silencio era reinante interrumpido a veces por mugido de alguna vaca o ladrido de un perro. De vez en cuando también se oía el quejido de una anciana que vivía al lado en otra casa.

Llegó la noche y nos metimos en la casa no sin antes dar varios paseos de la casa al bar y viceversa, pues no había otra cosa que hacer.

Nos acostamos en una de las camas los dos; pero en verdad parecía enorme, pues dormimos abrazados. La noche se hizo interminable, entre el silencio sepulcral y la poca luz de la calle que entraba por las rendijas del ventanal.

A eso de medianoche se oyeron unos quejidos y lamentos que nos pusieron los pelos de punta; pues entre el ropero con la ropa del difunto que tenía a mi lado y el cementerio que había a pocos metros, no pudimos dormir aquella noche.

- Se abra muerto la Señora, le pregunte a mi mujer.

- No, son llantos de algún perro, me contesto, después de un breve silencio.

Ya eso me tranquilizo y pude dormir un rato antes del amanecer.

Ya se oían los pasos de los peregrinos que pasaban junto a la ventana. Así que nos preparamos para continuar el camino; no sin antes pasar por el bar a tomarnos el exquisito bocadillo con café con leche que nos sirvió la Sra., del bar.

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