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Una historia del Camino

UNA HISTORIA DEL CAMINO

Como cada día ahí estaba, no faltaba a su cita, todo parecía indicar que lo había tomado como una obligación, cuando se atrasaba un poco notaba profundamente su ausencia.

Todo empezó de la siguiente manera: Otro año que me disponía a hacer el Camino de Santiago. He mirado el itinerario que quiero hacer, distancias entre albergues, dificultades del terreno, etc.

Ya tengo todo preparado en mi mochila, hago un recuento mental por si algo me olvidase, pesa más de lo que quisiera, así que inicio el recorrido. Quedan muchas etapas por delante. Quizás lluvia o sol, frío o heladas, nada importa si la mente esta dispuesta para ello.

Quedo atrás la población y me adentro por sendas que a derecha e izquierda están cubiertas, aquí de chopos, más allá viñedos. Todo un placer para los sentidos. Me siento solo en medio de la naturaleza, mas de pronto algo va por delante de mí, unas veces casi me roza, otras se aleja? pero nunca se pierde de mi vista. En estos primeros kilómetros no le doy mucha importancia, solo pienso que es una casualidad puntual. Cuando estoy cercano al final de mi meta, sin haberme dado cuenta ha desaparecido.

Con las primeras luces del alba comienzo la siguiente etapa, apenas se vislumbra el recorrido, una fina niebla flota en el aire, los árboles desnudos con sus ramas hacia el cielo crean figuras fantasmales. En el valle resuena el mugido de una vaca, mas cerca se oye el canto de un gallo, posiblemente del corral de una casa que se adivina a través de la espesura, ya que de la chimenea se eleva un penacho de humo.

Voy caminando por veredas de secas hojas que crean una mullida alfombra multicolor, donde predominan los amarillos ?viejo? y los marrones oscuros. Solo oigo el ruido de mis pisadas y algún eventual trinar de los pájaros, pero?!ahí esta otra vez¡. Sigue haciendo lo mismo que el día anterior, no parecen afectarle las dificultades del terreno, ya sea una costosa subida o una no menos difícil bajada. Su presencia hace que no me cueste tanto andar, siempre esta al alcance de mi vista con su blancura inmaculada.

Aparece un día tras otro, sigue la misma rutina, desaparece al llegar a una población para aparecer al salir de ella. Ya nada me distrae, ni el ruido de los pequeños arroyos, y en ocasiones grandes ríos, las pequeñas y no menos interesantes ermitas que jalonan el Camino o la vista de robles, abedules, acebos, helechos? su presencia lo absorbe todo y al mismo tiempo me relaja, no siento cansancio, solo el deseo de que esté ahí.

Cada jornada al llegar a los albergues se comentan con las demás personas las incidencias del día, cómo será la siguiente etapa, la dureza de la ruta, lo dolorido que está el cuerpo, si se tienen ampollas? Con estas cuestiones nos vamos a la cama. Yo no cuento nada de mi visión, cuando me preparo para dormir pienso: ¿mañana estará presente en mí andar? Con este pensamiento me duermo.

Estoy próximo a terminar lo que inicie. En mi cabeza se agolpan un montón de sensaciones, (siempre me ha ocurrido lo mismo), pero esta vez ha tenido algo muy especial que ha hecho mucho mas fácil mi recorrido, no lo podré olvidar.

He llegado a Santiago, al entrar en la ciudad mi misterioso acompañante ha desaparecido una vez más, miro a un lado y a otro, me falta algo, me voy haciendo a la idea de que nunca volveré a disfrutar de su presencia. Me dirijo a la Puerta del Perdón, a medida que me acerco allí noto como si una fuerza interior tirara de mí?, me noto raro, hay en el suelo como una luz blanca, muy blanca; mi corazón late aceleradamente, ¡está ahí! Me acerco más, apenas sus alas aletean un poco, la miro profundamente, en sus ojitos hay una expresión de gran felicidad y después? la nada.

Su último suspiro rompió mi corazón. Una lágrima resbaló por mi mejilla, quise quitarle importancia pensando que era motivada por una suave brisa que corría. En esos momentos prometí firmemente volver otra vez a hacer un Camino de Santiago. ¿Podría ser igual?

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