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Mi reconocimiento y admiración

A buen seguro que no vendrás a conocerme por ser descomunal la cuantía de peregrinos que han horadado tu suelo a lo largo de los avanzados siglos de tu existir, pero ello no es óbice para que me permita el querer dirigirme a ti con el único y desprendido propósito de hacerte saber que, desde que tuve a bien el descubrirte, has calado muy hondo en lo más recóndito de mi ser, cuestión ésta que solo tú haz sido capaz de poder conseguir. De ahí mi más sincera admiración hacia ti y hacia todo aquello que representas.

Te diré que fue merced a una promesa en su día hecha, en la que te presenté como exigencia a tener que cumplir si se veía satisfecha cierta petición, cuando tuve el inmenso placer de conocerte en primera persona al verse cumplida mi rogativa 13 años después de tenerla por pronunciada. Y a fe mía que no me vine a arrepentir lo más mínimo de ello, aunque te he de confesar que fueron considerables las dudas que inicialmente me suscitaste, cuando faltando escasas jornadas para hacer efectiva mi promesa, recelaba yo de mi propia suficiencia para poder estar a la altura de lo que me ibas a exigir. Fueron jornadas de una frenética avidez por saber más sobre ti, bien a través de peregrinos que ya te habían conocido, o de cualquier medio visual y escrito que llegara a mis manos. En todos y cada uno de ellos, un algo especial y diferente se desprendía de cuanto me contaban, veía o leía, haciendo con ello que se me antojara cada vez más enigmático el sentido de tu estar. Solo dentro de mi círculo más íntimo escuchaba algunas voces discordantes advirtiéndome que lo que me proponía hacer era una locura por querer conocerte tan a la ligera, sin preparación previa alguna, pero el hecho de cumplir con lo prometido, unido a esa información externa que a ello me animaba, resultaron ser factores determinantes para terminar de desechar cualquier atisbo de duda que pudiera yo tener y así, sin vacilación ninguna, me apresté a dar principio a lo que tenía como obligación iniciar.

Viene a resultarme harto complicado saber hacer entender lo que supuso ser mi primera experiencia contigo. Uno de los dichos en el que más hincapié hicieron algunos de esos peregrinos a los solicité información sobre ti, fue el de que por más que me lo explicaran no podría llegar a entender lo que significabas si no te vivía en primera persona. Entonces no terminaba de entenderlo, pero ahora es algo que también yo respondo a los que me piden que les exprese lo que supones. Y es que decirles que me ayudaste a desconectar de un modo brutal de lo que era la absurda monotonía en la que me hallaba inmerso; o comentarles que conseguí estar recorriendo tus sendas junto a mi yo más interior, conociéndome, sabiendo más de mí; o hacerles entender que me enseñaste a valorar más la sencillez de las cosas que los llamados avances tecnológicos a los que nos tienen enganchados; o advertirles que aun yendo solo nunca me iba a encontrar abandonado porque la solidaridad y ayuda eran, y son, bandera universal entre quienes cuentan con la dicha de conocerte, son, entre otros, una relación de estimaciones que difícilmente se pueden hacer entender si no se disfrutan.

Confesarte también que hubo muchos momentos en los que llegaste a hacerme exteriorizar las emociones más sentidas, y aunque dicen que los hombres no debemos de llorar, por ser cosa de mujeres, tú conseguiste hacerme llorar de dicha cuando llegué a puntos tenidos como simbólicos en tu trazado. También lograste hacerme reír gozoso en cenas compartidas en albergues con peregrinos a los que de nada conocía, y hasta me hiciste cantar a pleno pulmón en parajes increíbles en los que la naturaleza que te jalona me regalaba vistas sin igual. Incluso me hiciste estremecer de pesar ante la posibilidad de tener que tornar a mi casa sin terminar de conocerte debido a unas ampollas que durante varias jornadas me acompañaron...

Todas y cada una de estas sencillas cosas, forman parte de tu todo. Sin ellas y sin otras muchas de este tipo de código, la aureola de misterio que te envuelve perdería su encanto y con ello su magia.

Aquella primera vez me enamoraste de tal modo que ya han sido cuatro las ocasiones en las que te he vuelto a disfrutar. Cada cual diferente, pero con el mismo sentir con el que me identifiqué contigo entonces. Ya solo me queda esperar a volverme a encontrar contigo, Dios mediante, con la llegada del otoño. Hasta entonces, solo decirte que me encantó conocerte y que te necesito, al menos, durante un mes al año.

Gracias por existir.

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