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Como en las películas, pero era en mi vida real

Siempre he pensado que las cosas espectaculares que pasan en las películas, alguna vez le pasaron a alguien en la vida real, por eso siempre habrá quien intente reproducir y maravillar a los espectadores con una historia. Así que cuando alguien les diga "eso solo pasa en las películas", no les crean, pues les aseguro que también les puede pasar a ustedes.

En Abril del 2014, gracias a que me vine desde Chile a estudiar a Europa, decidí cumplir uno de mis mayores sueños... hacer el camino de Santiago de Compostela. Como solo tenía unos días libres en la universidad, me decidí por el Camino Francés en sus últimos 120 Km.

Aunque no lo crean, mi historia de película partió cuando aún no comenzaba a caminar. Recién iba en el autobús que me dejaría en el pueblo donde daría mis primeros pasos, cuando a mitad del trayecto se sentó a mi lado Paco, un viejito de 76 años con unos ojos celestes que me saludó amablemente y como yo le respondí no sólo con un "Hola", sino también con una sonrisa, comenzó a hablarme de su vida... Me contó que vivía solo en una casa que se había tomado cuando se vino de la capital, que estaba esperando la muerte, porque su fecha de caducidad ya estaba llegando, que ya no tenía fe, que sólo tenía ilusiones de que pasaran ciertas cosas, sin embargo, hoy daba gracias de haber decidido venir al pueblo, porque eso le había significado encontrarse conmigo, poder hablar y sentirse más feliz y no tan triste y solo como suele sentirse en su casa. Cuando llegamos a la estación, me invitó a un café... confieso que me dio un poco de miedo, siempre te dicen ?ten cuidado, no hables con extraños?, pero luego pensé que en público un viejito no podría hacerme nada, además con esos ojos celestes sinceros nada debía de temer. Cuando le conté que comenzaría el camino y el trayecto que haría se puso muy feliz, pues dijo que al otro día yo pasaría por su pueblo llamado "Las Hormigas", así que calculó mi andar y me dijo que a las 13:00 hrs. del siguiente día intentaría esperarme en el parador de su pueblo para tomarnos un agua. Nos abrazamos, sonreímos y comencé mi viaje feliz, no podía creer que recién empezando me estuvieran pasando estas cosas.

Al otro día, me levanté muy temprano y después de mucho andar, llegué al famoso pueblo las Hormigas? y no lo supe porque hubiera un cartel que dijera el nombre del pueblo, sino porque en el parador hay unas hormigas de metal gigantes que estoy segura que a más de algún peregrino le deben haber llamado la atención. Como llegué antes de la hora, Paco no estaba, así que le pregunté a la dueña si lo conocía. Al principio me miró un poco incrédula, me hizo algunas preguntas sobre cómo y por qué lo conocía y cuando le di más información recién se confió y me indicó donde podría encontrarlo. Partí en busca de la casa tomada, y llegué a una casa esquina sin algunos vidrios y muy antigua? grité fuerte desde la reja llamando a Paco, pero por más que intenté una y otra vez, nada pasó. Saqué de mi mochila una hoja, un lápiz y le escribí una nota: ?Paco: gracias por el momento que vivimos ayer, fue un placer para mi poder compartir unas palabras, unas sonrisas y un abrazo con usted. Cuídese mucho y no deje de salir de casa para que se siga maravillando con las cosas que la vida aún le quiere regalar. Cariños, Sindy, la chilena?. Me encargué de colgar la nota en su reja para que no se volará y emprendí mi rumbo? a lo lejos a cada instante creía ver a Paco caminando hacia mí, pero yo misma me encargaba de pensar que con lo vivido el día anterior era suficiente. De pronto a lo lejos creí verlo, pero esta vez lo llamé ?Pacooo, Pacooo? y como en las películas, él levantó la mirada, abrió los ojos, sonrió y corrió a encontrarme con un abrazo eterno. A tal punto era nuestra alegría que saltábamos abrazados, seguramente ni él, ni yo creíamos que volveríamos a vernos. Me explicó que se había ido a comprar al pueblo y que venía regresando para ir a esperarme, caminamos hasta el siguiente parador, compartimos una bebida y unos quesos con todos los peregrinos que se detenían. Conversamos, nos reímos, y nos despedimos, solo que esta vez sabíamos que el abrazo sería el último. Volvimos a dar gracias por habernos conocido, nos deseamos suerte y yo seguí mi rumbo hacia el próximo pueblo, mientras que él se regresaba a conversar con la soledad en su casa tomada, en el pueblo ?Las Hormigas?. Me pregunto cuántos peregrinos más habrán conocido a Paco, al mismo tiempo deseo que se encuentre con muchos peregrinos que no le tengan miedo, para que él siga disfrutando de las maravillas de la vida, y para que los peregrinos se den cuenta que las cosas increíbles de las películas, también pasan en la vida real, yo doy fe de ello, pues lo viví haciendo el Camino de Santiago.

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